Empiezo pequeño, silencioso y me deslizo suave, con profundo pero contenido interés.

Me gusta saber en qué me equivoco, a diario, es como un pequeño juego que tengo conmigo. Lanzo una idea al aire, no tiene ni por qué ser importante, tan solo una opinión que me viene de un pensamiento, y luego la observo rotar, la toco, la canto, la voy redondeando y a la vez afilando sus aristas; luego consigo mirar a otro sitio, lejos de mí, retiro el foco y reviso de nuevo la idea dándole a esta tiempo para consolidarse. Y entonces la vuelvo a observar, la juzgo, le doy vueltas con las manos. Y ahí está, aquella primera idea, opinión, libre y espontánea que resulta que vuelve a mostrarme algo que de primeras no había visto: ahí están mis sesgos. La minimizo, la relativizo, me pregunto el por qué me ha venido a la cabeza. Es una tarea difícil porque es fácil caer en la relativización de todo lo que observas y consideras parte de ti. Pero es un ejercicio excelente saber por dónde pasan tus pensamientos.

Tener la cabeza llena de prejuicios es lo más humano del mundo, saber que la evolución nos ha ayudado a llegar hasta aquí por mera supervivencia indica que han sido los azares de la naturaleza que mejor se han adaptado al medio, ni por exceso ni por defecto, o quizá sí, ¿quién soy yo para juzgar un exceso o un defecto? Pero esto es otra historia.

El exceso de celo, los sesgos de causalidad ahí están, en un principio para sobrevivir, es un final para liarnos un poquito más. Esa parte de nuestro yo que a veces nos sabotea, nos hace ver en algo extraño una probable amenaza, un abanico de catástrofes porque alimentan el miedo más interiorizado: morir. No queremos morir, así que cuando nos revolvemos incómodos al ver a alguien muy diferente a nosotros estamos prejuzgando, una mezcla de tópicos que nuestra propia naturaleza nos desvela como a seres muy grupales y un miedo ancestral que nos obliga a comportarnos como un animal que tiene miedo.

Si lees hasta aquí es posible que incluso hayas pensado que estoy justificando el racismo. No es cierto, estoy hablando de nuestros primeros instintos, los que adquirimos cuando vamos obteniendo conciencia de uno mismo y de lo que valoramos en nuestra vida. Pero para ello somos humanos: tenemos suficiente inteligencia para no dejarse llevar por nuestros primitivos impulsos y racionalizar lo que observamos. Eres humano, sobreponte. Donde ves diferencia hay miedo. Donde ves hostilidad hay miedo.

Cada sesgo que nos cubre nos hace un poco más manipulables. Aumentan nuestro sentido de la justicia y sirven de base para la guía emocional. Fijaos en qué dicen los políticos últimamente: han adquirido las técnicas del neuromárketing y ya no basan sus argumentos en datos si no en emociones. ¡Qué fácil resulta decir “los políticos”!, ¿verdad? Como si nadie más hiciera suya esta argumentación. Es como dejarse guiar por dichos y refranes populares, lo detesto pero aquí me tenéis, con una Ingeniería y con cierto mundo a mis espaldas hablar de los políticos como si fueran los únicos culpables de todo. Eludiendo responsabilidades, ¿no os suena? ¿Nadie conoce al típico amigo que reparte responsabilidades y no asume ninguna? Hasta eso es una percepción vacía y nos equivocamos. Nadie puede conocer qué piensa realmente esa otra persona. Pero tendemos a dejarnos guiar por sesgos, prejuicios, tópicos y poco en empatizar.

Este texto no pretendía ser nada, tan solo me ha salido, he arrancado a escribir y ha salido esto, tal cual, sin cortapisas, sin estructura, sin un fin claro.

Recomendación literaria: Nuestra mente nos engaña de Helena Matute.

https://helenamatute.wordpress.com/2018/04/04/nuestra-mente-nos-engana/

 

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